martes, 25 de junio de 2013

EL PODER DE LA MENTE III



           El ser surgido de esta transformación soltó un grito gutural seguido de un gruñido y se abalanzó sobre Alberto frente a las miradas ansiosas de las chicas. Nuestro héroe consiguió salvarse gracias a su rapidez pero el filo de la espada le dio en un costado y la sangre comenzó a manar sin descanso. El resultado de la batalla parecía ya claro y los ánimos de nuestro héroe estaban por los suelos, pero recordó a sus amigos atrapados y a su pueblo destruido sacando así fuerzas de flaqueza con un potentísimo grito que desquebrajó la armadura y las armas del mostruo, a esta nueva técnica la llamó “el Aullido de Bestia”, seguidamente descuartizó al enemigo. Esto no le gustó a Mar y a Laura que, completamente enfurecidas, aparecieron de las sombras con dos brillantes y preciosos trajes a juego. Las bailarinas retaron a nuestro héroe a un duelo de danza.
            Alberto no sabía qué hacer, él no sabía bailar; mientras que las chicas, que ya habían comenzado su espectáculo, se movían en la pista con pasos elegantes y movimientos enigmáticos al compás de una suave y melodiosa música. Laura y Mar acabaron su perfecta coreografía e invitaron al más que asombrado héroe a salir al escenario. Alberto estaba muy nervioso y confuso y ya estaba pensando en la humillación que iba a suponer perder de una manera tan tonta cuando se le ocurrió una última baza, bailar la canción de moda de esos momentos, “Gangman Style”. El sudor le resaltaba en la frente y el cuello y tenía todas las mejillas coloradas a causa de la vergüenza pero consiguió acabar el baile imitando a la perfección al artista coreano PSY dejando a las dos chicas completamente humilladas y fuera de juego (bueno, para ser sinceros estaban en el suelo intentando contener sus carcajadas y aporreando la pista con los puños pero lo importante es que pasó la prueba) Las dos bailarinas comenzaron a brillar y desaparecieron dejando tras de sí una bola de acero con un lobo grabado a fuego, seguir que esa esfera albergaba el alma de Tesancito.
            Nada más recoger su nuevo tesoro, un estremecedor rugido le provocó un escalofrío que le recorrió toda la espalda; era Steven que  no estaba dispuesto a dejarle proseguir su camino. A nuestro héroe le pareció algo un tanto extrañó, ya había acabado su trabajo allí, pero estaba dispuesto luchar. Alberto esquivó las dentelladas y las embestidas del gigantesco huargo gris que se lanzaba al ataque y cuando vio la oportunidad de contraatacar clavó su espada, que casi ni había podido desenvainar, en el corazón de la bestia.
            Ésta se desplomó con un sonido sordo, sin vida, pero en seguida empezó a moverse y se levantó lentamente con una brillo asesino en sus brillantes ojos ambarinos y de un mordisco de arrancó se arrancó la espada del torso y la lanzó con fuerza fuera del alcance de Alberto. Nuestro héroe se quedó completamente anonadado al ver como Steven levantaba la cabeza hacía la luna y aullaba en un tono lastimero a la vez que amenazante, tras esto se colocó a dos patas  y creció hasta adquirir la forma de un temible y fuerte hombre lobo. Alberto utilizó su técnica “los Colmillos de Lobo” contra aquella bestia, pero su piel, dura como el diamante, impidió que el hombre lobo sufriese algún daño. Steven destruyó de un zarpazo el suelo bajo los pies de nuestro héroe que lo esquivó en el último momento; el hombre lobo empezaba a ponerse nervioso y entre gruñidos guturales soportaba todos los golpes de Alberto sin muestra de efecto.
             Nuestro héroe estaba a punto de rendirse cuando recordó un dato importante; a los hombres lobo les afectaba la plata y por suerte (o coincidencia, quién sabe) llevaba un cuchillo de ese mineral. Éste se llevó la mano a la pierna y desenvainó el arma tras lo que la clavó en el abdomen de la bestia. Al contacto con la hoja del cuchillo la carne se abría como si estuviese partiendo papel y empezaba a oscurecerse como si se pudriese; tras unos instantes la bestia desapareció entre agonizantes aullidos de dolor dejando tras él una pequeña lámina de mármol con un pentagrama tallado en su pulcra superficie, Alberto supuso que ese fragmento caracterizaba a Laura y sonrió para sí.

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