La pista de baile en la cual Alberto había competido y peleado desapareció y tras
un instante de blacura apareció el paisaje de una oscura montaña. Allí le
esperaban Dionisio, Fran y Marta; tres rivales débiles fáciles de derrotar con
tres o cuatro golpes. Tras unos dos minutos de combate los rivales ya estaban
suplicando por sus vidas casi inconscientes en el suelo, pero la batalla no
había hecho más que empezar; los tres se elevaron en el aire y se fusionaron
dando vida a un ser metálico y horrible con una fuerza más que sobrehumana.
Éste ser comenzó a destruirlo todo a
su paso dando manotazos y pisotones; a tanto estruendo y destrucción no podía
faltar una persona, Diabólica que observaba todo desde la retaguardia sentada
sobre el hombro de la Bestia Manolo. Al ver que su creación no era muy
inteligente realizó un hechizo y junto a su fiel montura se unió al metálico
ser, de aquella fusión nació una llameante y sangrienta criatura, el hijo de
Satán. Alberto utilizó todo su repertorio de armas pero ninguna parecía
afectarle: las flechas le resultaban como pesadas moscas veraniegas, los cortes
de espada no le hacían el menor rasguño y atacarle con el machete parecía una
hazaña demasiado peligrosa. De pronto el demonio apareció a sus espaldas y lo
cogió entre sus gigantescas garras estrujándolo. Las llamas que rodeaban su
esbelta figura abrasaban a nuestro héroe
y la fuerza del vástago del diablo le hacía gritar agónicamente, pero en
el último momento de conciencia utilizó su técnica más novedosa, “el Trueno de
Ventisca”, que carbonizó al enemigo. Alberto cayó al suelo entre un alarido de
dolor pero tuvo fuerzas suficientes para arrastrarse en busca de la nueva
piedra que había obtenido; una gigantesca esmeralda con un monstruo como
inscripción, seguro que era la que contenía el alma de su buen amigo Manolo.
Mientras tanto, en el valle, las cosas no iban
muy bien. Las 4 fashion luchaban contra los lacayos del mentalista, el Orco J y
Emogótica contra Alcade y Modales, y Alixan contra Jareño; pero estaba claro
que aunque eran el mismo número en los dos bandos no estaban en igualdad de
fuerzas. La ciudad estaba en ruinas,; todo era escombros y lamas junto con
gritos y llantos, Mamasuki y Kathy se encargaban de evacuar el valle pero era
una difícil hazaña debido a los constantes derrumbamientos. Alixan llamó a sus
aliados pero era demasiado tarde, todos habían caído y ahora le tocaba a ella.
Cuando todos
nuestros héroes fueron derrotados, los ex convictos se giraron hacía los
lacayos de Íñiguez y Jareño, con una sonrisa malévola les dijo desafiante: “Gracias
por hacernos el trabajo sucio, ahora es vuestro turno, no dejaremos que unos
malnacidos nos arrebaten el valle” Pero antes de poder mover ni un músculo ya
estaban rodeados por éstos, la batalla no había hecho más que empezar…
En algún recóndito lugar, Alberto se
internaba por la ladera de un monte. Ese lugar le daba muy mala espina, era
siniestro y frío, y no parecía un buen lugar para hacer un picnic. Nuestro
héroe había perdido mucha sangre y casi no podía mantenerse en pie por lo que se
sentó apoyando la espalda en un viejo tronco y suspiró, si le atacaban en esos
momentos tenía todas las de perder. Pasó unos minutos así, mirando las
estrellas y respirando entrecortadamente hasta que dos sombras aparecieron ante
él, los músculos de su cuello se tensaron y su mano se dirigió instintivamente
a la empuñadura de su espada pero las sombras, que resultaron ser Mario Gross y
la Presidenta, se limitaron a sentarse frente a él y mirarle sin expresión
alguna.
Las dos chicas le explicaron que no
merecía la pena pelear, que sabían que no estaban a la altura y que iban a ser
derrotadas por lo que preferían estar cómodas y esperar en lugar de cansarse.
Alberto se tomó esto como un milagro y pasó unos diez minutos sentado
intentando recuperarse un poco con dos miradas intensas clavadas en su cráneo y
los nervios a flor de piel.
Cuando se encontró un poco mejor ya
no pudo soportar más esa situación y se levantó de un salto tirando a las dos
chicas hacia atrás con el canto de la espada. Éstas volaron por los aires y se
estamparon contra el suelo desplomándose como muñecos de trapo. Alberto,
exhausto, se volvió a sentar junto al árbol pero en pocos minutos las chicas se
habían levantado y se habían vuelto a sentar frente a él. Éstas se le quedaron
mirando y de repente le sonrieron con una mirada siniestra y emitiendo un
chillido llamaron a su líder, Alixar, que las agarró a ambas por el cuello y
asfixiándolas se unió a ellas dando vida a una perfecta guerrera dispuesta a
luchar.
La nueva guerrera lanzaba bolas de
fuego y viento gélido por sus guanteletes para hacer tropezar a Alberto al
intentar esquivarlos mientras lo fustigaba con el látigo. Nuestro héroe estaba
en las últimas por lo que utilizó “la Lucha Interna” aumentando su fuerza,
fortaleza y velocidad. Alberto atacó a Alixan con su espada embistiéndola con
el cuerpo y cuando su sable cayó al suelo, éste aprovechó para clavarle la
espada entre los resquicios de su armadura acertándole en el costado. La
guerrera fue a decir algo pero tosió y la sangre salió a borbotones de entre
sus labios y desapareció dejando una pirita con una nota musical inscrita como
recuerdo. Alberto tuvo la corazonada de que era Mar y la guardó en su mochila
con cuidado.
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