miércoles, 3 de julio de 2013

EL PODER DE LA MENTE IV




            La pista de baile en la cual Alberto había competido y peleado desapareció y tras un instante de blacura apareció el paisaje de una oscura montaña. Allí le esperaban Dionisio, Fran y Marta; tres rivales débiles fáciles de derrotar con tres o cuatro golpes. Tras unos dos minutos de combate los rivales ya estaban suplicando por sus vidas casi inconscientes en el suelo, pero la batalla no había hecho más que empezar; los tres se elevaron en el aire y se fusionaron dando vida a un ser metálico y horrible con una fuerza más que sobrehumana.
            Éste ser comenzó a destruirlo todo a su paso dando manotazos y pisotones; a tanto estruendo y destrucción no podía faltar una persona, Diabólica que observaba todo desde la retaguardia sentada sobre el hombro de la Bestia Manolo. Al ver que su creación no era muy inteligente realizó un hechizo y junto a su fiel montura se unió al metálico ser, de aquella fusión nació una llameante y sangrienta criatura, el hijo de Satán. Alberto utilizó todo su repertorio de armas pero ninguna parecía afectarle: las flechas le resultaban como pesadas moscas veraniegas, los cortes de espada no le hacían el menor rasguño y atacarle con el machete parecía una hazaña demasiado peligrosa. De pronto el demonio apareció a sus espaldas y lo cogió entre sus gigantescas garras estrujándolo. Las llamas que rodeaban su esbelta figura abrasaban a nuestro héroe  y la fuerza del vástago del diablo le hacía gritar agónicamente, pero en el último momento de conciencia utilizó su técnica más novedosa, “el Trueno de Ventisca”, que carbonizó al enemigo. Alberto cayó al suelo entre un alarido de dolor pero tuvo fuerzas suficientes para arrastrarse en busca de la nueva piedra que había obtenido; una gigantesca esmeralda con un monstruo como inscripción, seguro que era la que contenía el alma de su buen amigo Manolo.
             Mientras tanto, en el valle, las cosas no iban muy bien. Las 4 fashion luchaban contra los lacayos del mentalista, el Orco J y Emogótica contra Alcade y Modales, y Alixan contra Jareño; pero estaba claro que aunque eran el mismo número en los dos bandos no estaban en igualdad de fuerzas. La ciudad estaba en ruinas,; todo era escombros y lamas junto con gritos y llantos, Mamasuki y Kathy se encargaban de evacuar el valle pero era una difícil hazaña debido a los constantes derrumbamientos. Alixan llamó a sus aliados pero era demasiado tarde, todos habían caído y ahora le tocaba a ella.
Cuando todos nuestros héroes fueron derrotados, los ex convictos se giraron hacía los lacayos de Íñiguez y Jareño, con una sonrisa malévola les dijo desafiante: “Gracias por hacernos el trabajo sucio, ahora es vuestro turno, no dejaremos que unos malnacidos nos arrebaten el valle” Pero antes de poder mover ni un músculo ya estaban rodeados por éstos, la batalla no había hecho más que empezar…
            En algún recóndito lugar, Alberto se internaba por la ladera de un monte. Ese lugar le daba muy mala espina, era siniestro y frío, y no parecía un buen lugar para hacer un picnic. Nuestro héroe había perdido mucha sangre y casi no podía mantenerse en pie por lo que se sentó apoyando la espalda en un viejo tronco y suspiró, si le atacaban en esos momentos tenía todas las de perder. Pasó unos minutos así, mirando las estrellas y respirando entrecortadamente hasta que dos sombras aparecieron ante él, los músculos de su cuello se tensaron y su mano se dirigió instintivamente a la empuñadura de su espada pero las sombras, que resultaron ser Mario Gross y la Presidenta, se limitaron a sentarse frente a él y mirarle sin expresión alguna.
            Las dos chicas le explicaron que no merecía la pena pelear, que sabían que no estaban a la altura y que iban a ser derrotadas por lo que preferían estar cómodas y esperar en lugar de cansarse. Alberto se tomó esto como un milagro y pasó unos diez minutos sentado intentando recuperarse un poco con dos miradas intensas clavadas en su cráneo y los nervios a flor de piel.
            Cuando se encontró un poco mejor ya no pudo soportar más esa situación y se levantó de un salto tirando a las dos chicas hacia atrás con el canto de la espada. Éstas volaron por los aires y se estamparon contra el suelo desplomándose como muñecos de trapo. Alberto, exhausto, se volvió a sentar junto al árbol pero en pocos minutos las chicas se habían levantado y se habían vuelto a sentar frente a él. Éstas se le quedaron mirando y de repente le sonrieron con una mirada siniestra y emitiendo un chillido llamaron a su líder, Alixar, que las agarró a ambas por el cuello y asfixiándolas se unió a ellas dando vida a una perfecta guerrera dispuesta a luchar.
            La nueva guerrera lanzaba bolas de fuego y viento gélido por sus guanteletes para hacer tropezar a Alberto al intentar esquivarlos mientras lo fustigaba con el látigo. Nuestro héroe estaba en las últimas por lo que utilizó “la Lucha Interna” aumentando su fuerza, fortaleza y velocidad. Alberto atacó a Alixan con su espada embistiéndola con el cuerpo y cuando su sable cayó al suelo, éste aprovechó para clavarle la espada entre los resquicios de su armadura acertándole en el costado. La guerrera fue a decir algo pero tosió y la sangre salió a borbotones de entre sus labios y desapareció dejando una pirita con una nota musical inscrita como recuerdo. Alberto tuvo la corazonada de que era Mar y la guardó en su mochila con cuidado.

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