Tras todos estos sobresaltos, nuestro héroe ya creía que podía
descansar unos segundos pero de entre las tinieblas apareció un nuevo enemigo,
Estheria montada en su fiel montura Adian. Alberto le atacó por la espada pero
Adián le dio una fuerte coz y lo tiró al suelo. Antes de que Estheria pudiese
hacer nada Alberto se incorporó y derribó a su montura que quedó inconsciente
del devastador golpe. Estheria se puso en pie y sacó su látigo tras lo que
intentó atacar a nuestro héroe que se enroscó el arma en el brazo y de un tirón
se lo arrancó a su rival de las manos. Alberto se abalanzó sobre Estheria y le
colocó la punta de la espada bajo el mentón, ésta entre sollozos se rindió,
pero en el último momento Adian se levantó y apartando de un empujón a Estheria
de Alberto se unió a ella dando lugar a un magnífico centauro.
El centauro, armado con un arco,
comenzó a lanzar sus flechas a Alberto que las esquivó sin mucha dificultad.
Cansado de esas pesadas complicaciones se colocó una flecha en su propio arco y
con una impresionante precisión acertó en el arco de su contrario cortando
limpiamente la cuerda. El centauro se quedó boquiabierto y aprovechando aquel
momento de confusión Alberto le asestó una patada a la cabeza partiéndole el
cuello y noqueándola al instante. Su cuerpo de convirtió en cenizas que se
llevó el viento y entre sus restos apareció un pedazo de granito con un corcel
dibujado, era Adian. El diamante reaccionó ante la nueva piedra y las dos
comenzaron a brillar devolviéndole toda la fuerza y energía que había perdido
su portador.
Nuestro héroe se sentía de maravilla
y con una gran sonrisa esperó el nuevo reto, la montaña despareció y en su
lugar se encontró en un exótico paisaje submarino; le resultó extraño que
pudiese respirar bajo el agua pero bueno, al fin y al cabo no estaba en el
mundo real. Ante él apareció un gigantesco monstruo marino, Leonidas, que se
presentó con un potente rugido. Alberto no se asustó, sino que sacó su espada y
la hizo girar sobre su cabeza dando forma a un torbellino que mandó contra el
monstruo. A éste le impactó de lleno y salió disparado chocando contra una
pared de rocas; Alberto, para terminar, se le acercó y le cortó la cabeza
tiñendo el mar de rojo sangre. Pero la batalla no había acabado, de las
profundidades del océano emergió el científico loco Daniel Sebas, aliado del
Alcalde Maléfico responsable del Centro Subterráneo de Transformación de Lava.
Éste sacó un montón herramientas de su bata blanca e internándose en el
interior del cuerpo inerte de Leonidas empezó a trabajar hasta dar vida a un
gigantesco robot de dientes afilados sierras y aletas poderosas y fuertes.
Alberto no sabía qué hacer, su
torbellino no tendría suficiente fuerza para mover esa mole, las flechas no
servirían de mucho bajo el agua y la espada no se le clavaría con facilidad. El
monstruo le sacó de sus pensamientos con un potente golpe de aleta que le hizo
estrellarse contra las rocas, cuando el monstruo se disponía a devorarlo,
Alberto se colocó bajo él y haciendo acoplo de todas sus fuerzas utilizó de
nuevo “los Colmillos de Bestia” destrozándole totalmente el motor que le daba la
vida.
Mientras el robot caía hacía el
fondo del océano, Daniel Sebas salió de él dispuesto a huir, pero Alberto no
iba a dejarle hacerlo por lo que se lanzó contra él con tal potencia que sacó a
los dos del agua. La brutalidad del golpe había dejado al científico sin
conocimiento así que en pocos segundos desapareció y en la arena de la playa
apareció una aguamarina con las palabras “8 bits” escritas, Alberto sonrió al
pensar que allí estaba Peño.
Alberto la guardó en la mochila y
justo al terminar de hacerlo una pequeña figura apareció de entre las palmeras
y le arrebató la bolsa. La figura era Modales que con un brillo burlón en los
ojos se guardó la mochila entre los ropajes y levantó las manos dispuesta a
emplear los hechizos en la lucha. Su primer conjuro fue una lluvia de machetes
seguida de un llameante círculo que iba cerrándose en torno a Alberto. Éste
esquivó los cuchillos con movimientos firmes y decididos y se agarró a la rama
de una palmera para impulsarse y saltar fuera de las llamas. Era su turno así
que desenvainó la espada y fue a atacar a Modales, pero ella utilizó un conjuro
defensivo que repelió la embestida y mandó por los aires a Alberto con un
hechizo de rechazo.
Nuestro héroe se sentía abatido pero
no se rindió, sino que usó la "Lucha Interna" y se abalanzó a bocajarro contra
Modales esquivando todos los proyectiles y destruyendo su escudo con las
garras; para finalizar le asestó un derechazo en la mejilla que la lanzó con
fuerza haciéndola chocar contra una palmera. Cuando iba a recoger su mochila
del terroso suelo algo le golpeó por detrás. Su estado de combate ya se había
consumido por lo que estaba algo débil pero se dio media vuelta descubriendo así
a su rival, Alcalde. Los dos, sable contra espada, se retaron a duelo y entre
tajos y estocadas ninguno parecía ceder. Los ánimos se estaban calentando y
ambos empezaban a jadear de cansancio cuando Alcalde sacó su machete dispuesto
a acabar la batalla; pero Alberto se percató de ello y en un abrir y cerrar de
ojos sacó el suyo y se lo clavó a su contrincante en el abdomen. Alcalde cayó
de bruces contra el suelo y Alberto limpió el filo de su cuchillo en sus ropas
antes de volver a guardarlo.
Sus dos actuales enemigos ya estaban
derrotados pero entonces desde los cielos bajó Jareño que cicatrizó las heridas
y recobró las fuerzas de sus aliados además de proporcionarles unas nuevas
armaduras y armas. Por último cogió la bolsa de Alberto con una sonrisa malévola
y abrió un agujero en el espacio al cual lanzó a nuestro héroe despidiéndole
sarcásticamente con la mano.
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